Juegos de la Infancia: Los Que Jugábamos en la Calle
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Antes no necesitábamos pantallas, baterías ni conexión a internet para divertirnos. Bastaba con una calle, un grupo de amigos del barrio y un poco de imaginación para que las tardes se convirtieran en aventuras interminables. Los juegos de calle eran nuestra escuela de vida: ahí aprendimos a ganar y a perder, a respetar turnos, a negociar reglas, a hacer amigos y a solucionar conflictos. Todo eso mientras nos divertíamos como nunca.
Este artículo es una invitación a viajar en el tiempo y recordar aquellos juegos que nos hicieron felices. Seguramente algunos los conoces con nombres diferentes, porque cada país y cada barrio tenía sus propias variaciones. Pero la esencia era la misma en todas partes.
La rayuela (avión, golosa, luche, peregrina)
Pocos juegos son tan universales como la rayuela. Con una tiza y una piedrita se dibujaba un tablero numerado en el suelo y había diversión para rato. El nombre cambiaba según el país: en España era la rayuela o el avión, en Colombia la golosa, en Chile el luche, en México el avión o la peregrina.
Las reglas eran sencillas: tirabas la piedra al número correspondiente, saltabas en un pie (o en dos cuando había casillas dobles), recogías la piedra sin perder el equilibrio y volvías. Si pisabas la raya o perdías el equilibrio, le tocaba al siguiente. ¿Cuántas horas habremos pasado saltando sobre esos cuadrados dibujados con tiza en la vereda?
Las canicas (bolitas, metras, bolas)
Las canicas eran un tesoro. Cada niño tenía su colección y había verdaderas joyas: las de cristal transparente con espirales de color, las opacas que llamábamos “lecheras”, las grandes que servían de “tiro” y las diminutas que eran las más difíciles de ganar.
Los juegos de canicas tenían nombres diferentes en cada lugar, pero los más comunes eran:
- El hoyo: se hacía un agujero en la tierra y había que meter las canicas desde cierta distancia.
- El triángulo: se dibujaba un triángulo en el suelo, se colocaban canicas dentro y había que sacarlas golpeándolas con la tuya.
- La ronda: se formaba un círculo y cada jugador intentaba sacar las canicas del contrario.
Lo emocionante era que las canicas se jugaban “de verdad”: las que ganabas te las quedabas. Eso le daba una intensidad al juego que pocas cosas podían igualar.
El escondite (escondidas, escondecucas)
“Un, dos, tres, por todos mis amigos que están escondidos”. Esas palabras resonaban en cada barrio al caer la tarde. El escondite era democrático: no se necesitaba nada más que gente y ganas de jugar.
Uno contaba contra la pared o un poste mientras los demás corrían a esconderse. Detrás de los autos estacionados, dentro de los arbustos, en las porterías de los edificios, agazapados detrás de las macetas de alguna vecina. El momento de mayor tensión era cuando el que buscaba se acercaba a tu escondite y tú contenías la respiración, muerto de risa y de nervios.
Y si lograbas correr hasta la base y gritar “salvado” antes de que te descubrieran, la satisfacción era enorme.
La cuerda de saltar (comba, lazo, reata)
Dos personas daban vuelta a la cuerda mientras los demás saltaban al ritmo de canciones que todos se sabían de memoria. “Al pasar la barca, me dijo el barquero…” “Soy la reina de los mares, ustedes lo van a ver…” Cada región tenía sus propias canciones, pero todas cumplían la misma función: marcar el ritmo y hacer que el juego fuera más divertido.
Había diferentes modalidades: saltar individualmente, de a dos, entrar y salir sin parar la cuerda, y la temida “candela” o “víbora”, cuando giraban la cuerda lo más rápido posible y había que saltar a toda velocidad.
Las atrapadas (pillamela, encantados, las traes)
Otro clásico universal. Uno corría y los demás escapaban. Si te tocaban, te convertías en el perseguidor. Sencillo, agotador y tremendamente divertido.
Las variaciones eran infinitas:
- Encantados (o “quedados”): cuando te tocaban te quedabas “congelado” en tu posición hasta que otro compañero te desencantaba tocándote.
- La mancha venenosa: la parte del cuerpo donde te tocaban debías mantenerla sujeta con la mano mientras perseguías a los demás.
- Policías y ladrones: un equipo perseguía y el otro escapaba. Los capturados iban a una “cárcel” de donde podían ser rescatados por sus compañeros.
El trompo (peonza)
El trompo requería destreza. Había que enrollar la cuerda correctamente, lanzarlo con fuerza y precisión, y rezar para que bailara lindo y parejo. Los expertos podían hacer que el trompo subiera a la palma de la mano mientras giraba, lo cual provocaba la admiración de todo el grupo.
En algunos juegos se trazaba un círculo en el suelo y había que “bailar” el trompo dentro del círculo. En otros, el objetivo era golpear el trompo del contrario y sacarlo del área de juego. Las puntas de metal de los trompos dejaban marcas de batalla que eran motivo de orgullo.
Las escondidas inglesas (un, dos, tres, pollito inglés)
Este juego era pura tensión. Uno se ponía de cara a la pared y decía: “Un, dos, tres, pollito inglés, sin mover las manos ni los pies”. Mientras decía esto, los demás avanzaban sigilosamente. Al terminar la frase, el de la pared se volteaba y todos debían quedarse como estatuas. Si te veían moverte, volvías al inicio.
La gracia estaba en el contraste entre la carrera desesperada para avanzar y la quietud absoluta cuando el de la pared se giraba. Las poses congeladas más disparatadas provocaban carcajadas contenidas.
Las casitas y los mundos imaginarios
No todos los juegos tenían reglas fijas. Muchas tardes las pasábamos “jugando a la casita” o construyendo mundos imaginarios con lo que teníamos a mano: palos eran espadas, piedras eran comida, una caja de cartón era un auto y un árbol era un castillo.
Estos juegos de imaginación eran tan valiosos como los estructurados. En ellos aprendíamos a crear historias, a negociar roles (“yo soy la mamá, tú eres la hija”), a resolver problemas creativamente y a transformar la realidad con la mente.
La liga (gomas, elástico, resorte)
Un juego predominantemente femenino que consistía en saltar sobre una liga elástica que dos personas sostenían con los tobillos. Las alturas iban subiendo: tobillos, rodillas, cintura… y las combinaciones de saltos se volvían cada vez más complicadas.
Cada salto tenía su nombre y su coreografía particular, y había que ejecutarlos en orden sin equivocarse. Era un ejercicio de memoria, coordinación y agilidad que podía durar horas.
El balero (boliche, emboque)
Un juguete de madera con una bola atada a una cuerda y una base con diferentes cazuelas. El objetivo era lanzar la bola al aire y encajarla en la cazuela. Parecía fácil pero requería mucha práctica. Los mejores jugadores hacían trucos increíbles que dejaban boquiabiertos a los demás.
Lo que aprendimos jugando
Más allá de la diversión, los juegos de calle nos enseñaron lecciones que nos acompañan toda la vida:
- Socialización: aprendimos a relacionarnos con personas diferentes, a hacer amigos y a resolver conflictos.
- Resiliencia: perdíamos, llorábamos un rato y volvíamos a jugar. Aprendimos que perder no es el fin del mundo.
- Creatividad: inventábamos reglas, modificábamos juegos y creábamos mundos con nada.
- Actividad física: corríamos, saltábamos y nos movíamos durante horas sin pensar en “hacer ejercicio”.
- Independencia: los adultos no organizaban nuestros juegos. Nosotros mismos decidíamos a qué jugar, cómo y cuándo.
Transmitir el legado
Si tienes nietos, sobrinos o cualquier niño en tu vida, anímate a enseñarles estos juegos. Quizás al principio les parezca raro jugar sin pantallas, pero una vez que empiecen, es muy probable que se diviertan tanto como nos divertimos nosotros.
Saca las canicas del cajón, dibuja una rayuela en el patio, enrolla una cuerda y enséñales a saltar. Mientras lo haces, cuéntales historias de tu infancia, de tu barrio, de tus amigos de aquellos tiempos. Estarás haciendo algo mucho más importante que jugar: estarás creando un puente entre generaciones y regalándoles recuerdos que guardarán para siempre.
Porque los juegos de la calle no eran solo juegos. Eran nuestra infancia, nuestra libertad, nuestra alegría pura y sin complicaciones. Y aunque el tiempo haya pasado, siguen vivos cada vez que los recordamos con una sonrisa.
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